No había amanecido por completo en la ciudad, los rayos del sol empezaban a salir en Quito y María de la Paz comenzaba su lucha contra la pereza y el sueño. Al final la fe y la devoción pudieron más. Se vestía lentamente y aún su rostro parecía cansado, un breve bostezo se desprendía de su boca. Era la hora ya de salir de su casa hacia la Iglesia de San Francisco.
No era la primera vez que asistía al rezo de las “Estaciones de la Cruz”, cada año por la celebración del viernes santo entregaba su alma y su corazón a Jesús. Debía apresurarse, ya que las calles iban a ser cerradas por la procesión de Jesús del Gran Poder que se realiza en ese mismo día, “Es mejor madrugar y salir con tiempo, después las calles se repletan de personas”, comentó María agitada.
Su trayecto hacia la iglesia fue tranquilo, parecía que el feriado había conseguido su objetivo, las calles de Quito estaba apacibles y desoladas, las pocas personas que se observaban eran en su mayoría ciclistas o deportistas. Una vez parqueado el carro María se dirigió hacia la Iglesia de San francisco, las calles y las veredas del centro estaban húmedas, parecía como si recién las hubieran mojado y preparado para el gran día que las esperaba.
María llegó a la iglesia, y a pesar de que en las calles todavía no había mucha gente, afuera de ésta se podía sentir los preparativos para la procesión. Antes de ingresar al convento los vendedores ofrecían a los fieles una serie de cosas para que su recorrido estuviese completo, velas, rosarios, libros para poder rezar las estaciones, incienso y palo santo.
En esta ocasión era el convento el que abría sus puertas a los creyentes, “El año pasado abrieron la iglesia y no el convento, cosa que las personas que queríamos rezar tuvimos que hacerlo por separado” explicó María. La gente ingresaba ordenadamente, y se juntaban por grupos, la cantidad de personas pasados los cuarenta años de edad superaba en número considerable a los jóvenes que se encontraban allí.
El convento cuenta con una pequeña pileta que está en un patio central, como las edificaciones de los conventos antiguos, alrededor de éste se encuentran los pasillos en donde estaban colocados los cuadros que representan a cada una de las estaciones, María se unió a un grupo para comenzar a rezar, pero antes de que el orador designado, que es generalmente el mismo todos los años, comenzara a leer, dos señoras prendían las velas blancas que habían comprado afuera.
“Alma de Cristo, santifícame, Cuerpo de Cristo, sálvame, Sangre de Cristo, embriágame, Agua del costado de Cristo, lávame”, eran las palabras con las que el orador comenzaba las estaciones. La primera se denomina “Jesús sentenciado a muerte”, se cree que esta costumbre de rezar las estaciones posiblemente comenzó en Jerusalén, ciertos lugares de La Vía Dolorosa (aunque no se llamó así antes del siglo XVI) fueron devotamente marcados desde los primeros siglos. Hacer allí las Estaciones de la Cruz se convirtió en la meta de muchos peregrinos desde la época del emperador Constantino en el siglo cuarto.
Cada vez que terminaban de rezar una estación los fieles caminaban hacia la siguiente entonando cantos llenos de melancolía, a los costados de los pasillos habían curas que estaban recibiendo las confesiones de las personas en caso de que ellas quisiera hacerlo. La finalidad de rezar las estaciones es unirse más al Señor y buscar su indulgencia a través del recuerdo de su sufrimiento y de su muerte.
A medida que se acercaba la décima estación que se llama “Jesús despojado de sus vestiduras” las personas comenzaban a ponerse cada vez más tristes, algunas derramaban un par de lágrimas e incrementaban su pasión al momento del canto. Un ruido interfería con el rezo de los congregados, los curas del convento estaban rezando las estaciones por medio de los parlantes, lo cual dificultaba el rezo de los demás, y sobretodo confundía a los fieles. “No es la primera vez que pasa esto, el año pasado ocurrió lo mismo”, señaló María.
Para la última estación que se denomina “El cadáver de Jesús puesto en el sepulcro” el ánimo de todos los que estaban en el grupo era de recogimiento y reflexión, parecía que el viaje por las catorce estaciones había revivido en ellos la verdadera importancia de la muerta de Jesucristo, así como su tormento y dolor. “. Ayúdame a sufrir con amor y esperanza para que mi dolor sea dolor redentor que en las manos de Dios se convierta en un gran bien para la salvación de las almas. Amén”, con esta frase concluían los rezos.
A la salida del convento se podían observar los inicios de los preparativos para la gran procesión que partiría precisamente desde allí, cucuruchos, romanos, personas disfrazas como Jesús, eran algunos de los tantos personajes que se empezaban a mirar. María decidió marcharse hacia su casa, solo que ahora se iba más animada y reconfortada.
No era la primera vez que asistía al rezo de las “Estaciones de la Cruz”, cada año por la celebración del viernes santo entregaba su alma y su corazón a Jesús. Debía apresurarse, ya que las calles iban a ser cerradas por la procesión de Jesús del Gran Poder que se realiza en ese mismo día, “Es mejor madrugar y salir con tiempo, después las calles se repletan de personas”, comentó María agitada.
Su trayecto hacia la iglesia fue tranquilo, parecía que el feriado había conseguido su objetivo, las calles de Quito estaba apacibles y desoladas, las pocas personas que se observaban eran en su mayoría ciclistas o deportistas. Una vez parqueado el carro María se dirigió hacia la Iglesia de San francisco, las calles y las veredas del centro estaban húmedas, parecía como si recién las hubieran mojado y preparado para el gran día que las esperaba.
María llegó a la iglesia, y a pesar de que en las calles todavía no había mucha gente, afuera de ésta se podía sentir los preparativos para la procesión. Antes de ingresar al convento los vendedores ofrecían a los fieles una serie de cosas para que su recorrido estuviese completo, velas, rosarios, libros para poder rezar las estaciones, incienso y palo santo.
En esta ocasión era el convento el que abría sus puertas a los creyentes, “El año pasado abrieron la iglesia y no el convento, cosa que las personas que queríamos rezar tuvimos que hacerlo por separado” explicó María. La gente ingresaba ordenadamente, y se juntaban por grupos, la cantidad de personas pasados los cuarenta años de edad superaba en número considerable a los jóvenes que se encontraban allí.
El convento cuenta con una pequeña pileta que está en un patio central, como las edificaciones de los conventos antiguos, alrededor de éste se encuentran los pasillos en donde estaban colocados los cuadros que representan a cada una de las estaciones, María se unió a un grupo para comenzar a rezar, pero antes de que el orador designado, que es generalmente el mismo todos los años, comenzara a leer, dos señoras prendían las velas blancas que habían comprado afuera.
“Alma de Cristo, santifícame, Cuerpo de Cristo, sálvame, Sangre de Cristo, embriágame, Agua del costado de Cristo, lávame”, eran las palabras con las que el orador comenzaba las estaciones. La primera se denomina “Jesús sentenciado a muerte”, se cree que esta costumbre de rezar las estaciones posiblemente comenzó en Jerusalén, ciertos lugares de La Vía Dolorosa (aunque no se llamó así antes del siglo XVI) fueron devotamente marcados desde los primeros siglos. Hacer allí las Estaciones de la Cruz se convirtió en la meta de muchos peregrinos desde la época del emperador Constantino en el siglo cuarto.
Cada vez que terminaban de rezar una estación los fieles caminaban hacia la siguiente entonando cantos llenos de melancolía, a los costados de los pasillos habían curas que estaban recibiendo las confesiones de las personas en caso de que ellas quisiera hacerlo. La finalidad de rezar las estaciones es unirse más al Señor y buscar su indulgencia a través del recuerdo de su sufrimiento y de su muerte.
A medida que se acercaba la décima estación que se llama “Jesús despojado de sus vestiduras” las personas comenzaban a ponerse cada vez más tristes, algunas derramaban un par de lágrimas e incrementaban su pasión al momento del canto. Un ruido interfería con el rezo de los congregados, los curas del convento estaban rezando las estaciones por medio de los parlantes, lo cual dificultaba el rezo de los demás, y sobretodo confundía a los fieles. “No es la primera vez que pasa esto, el año pasado ocurrió lo mismo”, señaló María.
Para la última estación que se denomina “El cadáver de Jesús puesto en el sepulcro” el ánimo de todos los que estaban en el grupo era de recogimiento y reflexión, parecía que el viaje por las catorce estaciones había revivido en ellos la verdadera importancia de la muerta de Jesucristo, así como su tormento y dolor. “. Ayúdame a sufrir con amor y esperanza para que mi dolor sea dolor redentor que en las manos de Dios se convierta en un gran bien para la salvación de las almas. Amén”, con esta frase concluían los rezos.
A la salida del convento se podían observar los inicios de los preparativos para la gran procesión que partiría precisamente desde allí, cucuruchos, romanos, personas disfrazas como Jesús, eran algunos de los tantos personajes que se empezaban a mirar. María decidió marcharse hacia su casa, solo que ahora se iba más animada y reconfortada.
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